Un bajo de grillos marca
la serena danza de los
pinos.
Nace la lluvia y sobre
mis mejillas
cae silenciosa,
acariciándome.
A mi lado, la abuela
calla.
Me adentro en su
silencio y
pesan sobre mí sus
cargas
fijadas en el brillo de
los ojos.
Mi última
noche antes de partir,
rozo el polvo de la
terraza y
la sombra de una cortina
de madera.
La abuela sonríe.
Escucho su risa en el
patio,
puedo oír sus sueños,
ver sus ojos
y su pelo castaño.
Algo le susurra al
viento y
mi piel se eriza.
Huelo la cena y siento
la calidez de su ventana
entre mis dientes.
Clavo mis ojos en el
suelo
observo las caídas
pegadas a sus rodillas
y la miro, solo eso.
Qué guapa está esta
noche.
Intenta alcanzar una
estrella
Júpiter le gusta
llamarla.
En esta casa brilla más
– me dice –
que en ningún otro lugar
del mundo.
Ya no veo a mi abuela,
compañera.
A mi lado salta una niña
risueña
que se emociona cuando
nieva
y solo quiere hablar de
amor.
Una niña que se divierte
haciendo rabiar
que se esfuerza en que
sepas
que quiere bailar con
pájaros
y que vueles con ella.
Esta noche, en esta
terraza
compite con Júpiter.
Yo sé por seguro
que todo planeta tiene
las de perder
pues no solo es sino que
siempre ha sido
la esperanza de sus ojos
la estrella que ilumina
todo el pueblo.
Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
ResponderEliminar