Un arrebato de cólera
hacia el lado opuesto
de esta balanza.
Siento el inevitable miedo
de que mis palabras
no sirvan para nada.
Miedo de que mis gestos
dejen vacías las miradas.
Y mi futuro
esté compuesto de
Mil
Novecientos
Ochenta
Y cuatro.
Así mis manos corren
mejor de lo que son capaces
de escribir.
Agarran mi libreta
que lleva ardiendo
desde anoche.
Para escribir un manifiesto.
Hoy,
hoy el mundo todavía arde,
pero no se consume por el mismo fuego.
El humo que respiro
llena mis pulmones
de esperanza tóxica.
Y escucho,
escucho como entre las cenizas
una joven alza su mirada.
Grita,
grita y desprende un sonido
que desgarra.
Su garganta,
y la mía.
Y el mundo se gira.
del revés
y veo caer del cielo
miradas de orgullo
desde ojos repletos de dolor.
Y veo caer del cielo
llamaradas de luchas,
chispas de poder.
Y bajo la nube de humo
se despliega un ejército.
Mujeres altas,
mujeres bajas,
mujeres delgadas y mujeres gordas.
Mujeres de todos los colores y medidas.
Gritándole al cielo,
que ningún fuego es en vano.
Y por cada vida
que intente destrozar,
se alza una nueva voz
entre muchas.
Que grita por su libertad,
por su poder
por su dignidad y su valentía.
Y me recuerda
que a sus voces
no se las lleva el viento.
Si no que
las guarda la historia
para que este
dos
mil
diez
y siete
Sea recordado por próximos incendios.
Ningún fuego es en vano,
y mi libreta no es más
que una voz afónica
lista para arder.
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