Te escribo desde el césped,
notando suaves gotas caer
sobre mi pecho.
Puedo ver desde aquí tu pelo mojado,
tu sonrisa,
tus curvas y tus ojos.
Miro inevitablemente tu cuerpo
y siento la añoranza de un niño
queriendo volver a casa.
Me impregno de calor,
un calor de refugio y cariño
y creo esa típica sonrisa nostálgica
que me ahoga.
Sé que me estoy haciendo daño
al ver a otros poder hacer
lo que nunca fui capaz de hacer.
Y sé que es demasiado tarde
para pensarte y escribirte.
Pero también sé
que por mucho que la gente me llame
pesado,
obsesionado,
o enamorado,
acaba de posarse una mariposa
blanca
sobre la mano que escribe,
y no me ha importado
porque he visto seres más fantásticos
entre tus pestañas.
Y lo único que hago es reconocerlo.
Solo escribo para mantener tu silueta
una vez más
entre las esquinas de mis labios.
Recuerdo tu tacto,
y pienso en describirte
porque eres el mayor poema,
leyenda y novela
que podría escribir jamás.
Porque tus mejillas alzadas
marcando esa sonrisa
me revuelven el estómago.
Y luego te enfadas
y pisas fuerte el suelo,
curvas tu ceja
sarcástica,
y me llamas idiota
solo por contemplarte
y no creer en mi suerte.
Podría escribir tres libros
hablando de tus ojos.
Y no sería suficiente.
Me muerdo el labio
y vierto mis inseguridades
sobre ellos
que me absorben y me dicen
que aparte la mirada.
Me siento como ese narrador
omnisciente
que se ha enamorado sin querer
de la protagonista.
Y solo puede entrar en la historia
escribiendo cartas que nunca leerás.
Allí estás tú,
en la piscina que recoge
toda mi envidia
y aquí estoy yo,
bajo el árbol de flores amarillas
que me arropa.
Entonces
cae otra flor de miel,
acaricia
mi nariz,
y
soplo para apartarla
porque
me tapa a la flor más dulce
de
todo el jardín.
¿Y
qué le voy a hacer?
si
haces que sea incapaz de ver
el
sol y la piscina,
entre
todo el azul
brillante
de
tus ojos.
Y qué le voy a hacer
si
me ciegas, amor.
Increíble����
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