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viernes, 10 de noviembre de 2017

La chica del bus

He tenido uno de esos encuentros de los que tanto hablan.
Esos de viajeros fugaces
de los que escribe Terafobia,
y la Oreja de Van Gogh.

Siempre acaban en final fatídico

En mi caso: 
Tú bajando del bus.
O yo, como amante del silencio,
protegiendo el secreto de nuestras miradas
sin girarme al salir.

Bajo del autobús más rápido del mundo,

y veo un césped
que en este mismo instante
roza mis rodillas.

Decido no esperar y volverte a ver,

aunque sea entre mis dedos
estampada en una hoja en blanco.

Voy a dedicarme a recordarte 

porque es lo único que nos hemos permitido hacer.
Desde que me has mirado en la parada,
-y he hecho notar que me gustaba el fútbol 
tanto como sé que a ti, -
hasta que has cambiado de sitio
en aquél epicentro lleno de errores
solo para poder mirarme a los ojos
y regalarme tu sonrisa.

Puede que esté loco,

pero puedo recordar a la perfección,
-después de la marca que ha dejado tu mirada sobre la mía-,
el color de tus ojos,
de tu pelo,
y tu sonrisa.

Es una pena mi facilidad con la pluma

y mi torpeza con la labia.
Pues puedo hablarle a la luna,
a Melibea,
a la lluvia y a Galicia,
desde mi cuaderno,
pero no a ti en dos asientos de distancia.

Lamento mi tardanza,

algún día sabrás,
que mi posdata va para ti, 
y en este poema no hay ninguna.

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